Insurgencias criminales y contrainsurgencia

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El Instituto de Investigaciones Estratégicas de la Armada de México me hizo el honor de publicar un trabajo de análisis sobre insurgencias criminales.

A continuación presento el Abstract del trabajo, seguido del enlace original al sitio.

Sin duda, el debate sobre las insurgencias criminales demanda un análisis serio y profundo, pues no se trata únicamente de construir consensos teóricos, sino que éstos devengan en acciones gubernamentales integrales y acorde al entorno operacional actual.

ABSTRACT

Este documento propone el uso de una aproximación contrainsurgente (COIN) en procesos de recuperación del territorio, en manos de bandas del crimen organizado. La metodología aquí propuesta se sustenta en la premisa de que algunas de las organizaciones criminales modernas poseen características de estructura y operación que las sitúan dentro del ámbito de las insurgencias.

Como introducción, el presente trabajo aborda la naturaleza de las insurgencias actuales y de los procesos modernos de contrainsurgencia, particularmente aquellos obtenidos a raíz de las experiencias occidentales en los conflictos de Iraq (2003-actual) y Afganistán(2001-actual). Es aquí donde el abordaje de las insurgencias (en todas sus expresiones) cobra particular relevancia.

Posteriormente, se aborda el concepto-poco explorado- de insurgencia criminal y, a manera de contribución teórica, propone una definición puntual para dicho concepto. Al final, el documento ofrece una aproximación metodológica (ejes de intervención y etapas) para el uso de técnicas de contrainsurgencia en espacios territoriales que han estado bajo el control de bandas del crimen organizado con características insurgentes.

Cabe señalar que para la elaboración de este trabajo se utilizaron instrumentos metodológicos tales como Delphi, donde un grupo de expertos en materia de seguridad nacional, seguridad interior y defensa del continente americano fueron convocados para integrar sus experiencias en materia de contra-insurgencia y recuperación territorial.

 

ENLACE:

México destina magro presupuesto a su sector defensa.

No, México no es un país que gasta muchos recursos en defensa.

Contrario a lo que pudiera pensarse, sobretodo a raíz de recientes notas periodísticas en México, lo cierto es que nuestro país destina muy poco a su sector defensa, se vea por donde se vea.

Vamos por partes.

  1. El presupuesto en defensa en México es del orden de los USD $6 mil millones anuales.
  2. No existe tal cosa como gasto en defensa, sino inversión. Un país no gasta en defenderse, sino que invierte. Hasta que no cambiemos ese “mind-set”, no entenderemos la importancia estratégica que reviste el sector defensa.
  3. México destina menos del 1% de su PIB al sector defensa, aun cuando la media internacional es entre el 1% y el 2%.
  4. Nuestro país no ha aumentado su presupuesto en defensa en los últimos años en términos reales, sino que lo HA REDUCIDO, en función de su PIB.
  5. Para un país de 120 millones de habitantes, un territorio de casi 2 millones de kilómetros cuadrados y más de 3 millones de kilómetros cuadrados de mar patrimonial, nuestro presupuesto en defensa es patético.
  6. Tan solo por la extensión de nuestra riqueza marítima, México debiese ser una potencia naval media; no lo es porque a la Armada de México se le destina muy poco presupuesto, con el que hacen maravillas.
  7. México es el tercer país de LATAM en cuanto a presupuesto de defensa, muy por detrás de Brasil (USD 27 mil millones), nación con la que solemos compararnos en términos geopolíticos.

La siguiente gráfica muestra la evolución del presupuesto de defensa en México en los últimos años, de acuerdo con IHS Janes, una de las firmas de consultoría en defensa más reconocidas en el mundo.

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Fuente: IHS Janes

 

Si bien es cierto que en los años recientes como reporta el SIPRI, ha habido adquisiciones en equipo militar en México que llaman la atención, lo cierto es que prácticamente la totalidad de esas compras han sido destinadas a helicópteros utilitarios, aviones de transporte, aviones de vigilancia y reconocimiento, aviones de entrenamiento y vehículos tácticos de transporte de personal.

No ha habido, como algunos pudieran pensar, compras en sistemas de defensa avanzados que pudieran significar un cambio radical en la doctrina de defensa mexicana.

No va por ahí, ni hay planes en ese sentido.

No olvidemos que el foco operacional de nuestras fuerzas armadas sigue siendo la seguridad interior, con un mínimo componente para operaciones convencionales (demasiado mínimo, a mi juicio).

De hecho, los planes para que nuestras Fuerzas Armadas modernizaran parte de su equipo de tipo convencional se han visto severamente afectados por la situación económica reciente.

Antes de rasgarnos las vestiduras como hacen algunos medios mexicanos y organizaciones no gubernamentales con nula preparación en el tema, sería bueno estudiar el fenómeno con mayor objetividad.

Más adelante publicaremos un análisis profundo sobre el tema, por lo pronto, aceptemos que nuestras Fuerzas Armadas reciben un presupuesto muy bajo, si consideramos el tamaño de país que somos (y que queremos ser) y los retos constantes en materia de operatividad en seguridad interior, que demandan buena parte del recurso.

Le exigimos a las Fuerzas Armadas labores más allá de su formación, pero no les damos el recurso para ello…..pero tampoco para su función principal: la defensa exterior.

Así de simple y así de claro.

De la naturaleza de la guerra: una breve aproximación histórica

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Christian J. Ehrlich

El conflicto es parte de la naturaleza del hombre.

Diversos estudios dan cuenta que, desde la antigüedad, son constantes los enfrentamientos y divergencias entre personas, grupos sociales, pueblos, naciones y, a partir del mundo moderno, entre Estados-Nación.

“El hombre es el lobo del hombre”, decía Thomas Hobbes en el siglo XVII, popularizando una frase que, para entonces, había existido en el conocimiento popular occidental por más de mil años.

Sin embargo, el estudio del conflicto o de la guerra de manera concienzuda y sistemática tuvo un impulso decisivo a partir de las obras de importantes pensadores como Antoine-Henri Jomini y Karl von Clausewitz, a principios del siglo XIX.

Puede argumentarse que este impulso se debió a dos hechos profundamente trascendentales que habían tenido lugar poco más de un siglo atrás y que para entonces comenzaban a estudiarse a profundidad: el “nacimiento” del Estado-Nación moderno tras los acuerdos de Westfalia en 1648 (que puso fin a la Guerra de los 30 Años) y al uso de todos los recursos nacionales que movilizó el general francés Napoleón hacia fines del siglo XVIII y principios del XIX, como no se había visto en toda la era moderna.

En este sentido, Jomini y Clausewitz lograron darle al conflicto o guerra un valor conceptual –incluso académico- que para entonces no había tenido, con la posible salvedad de los tratados militares orientales.

A partir de ahí, el análisis de la guerra fue involucrando nuevos elementos, de la mano de la propia evolución de la naturaleza del conflicto y de los diversos avances tecnológicos que obligaron a repensar, una y otra vez, conceptos tales como guerra total, guerra limitada, incertidumbre, estrategia y táctica, entre otros.

Durante la primera mitad del siglo XX, la Gran Guerra (1914-1918) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fueron testigo de la puesta en práctica de muchos de estos conceptos.

Así, la crueldad de los campos de batalla europeos de la Primera Guerra, producto de la inmovilidad de las fuerzas, atascadas por meses en trincheras kilométricas convertidas en campos de muerte, obligó a los estudiosos de la guerra a cuestionar el concepto de Guerra Total y acuñar el de Guerra Limitada.

Sir Basil Liddell Hart fue el máximo exponente de este replanteamiento, sentando las bases de nuevos conceptos teórico-estratégicos que se verían, tan sólo unos años después, nuevamente testados a la luz de la Segunda Guerra Mundial.

El salto tecnológico que significó el uso intensivo de la aviación y los avances en materia de blindados, le dieron a la guerra (y al estudio de ésta) un significado más ágil y cambiante.

A lo anterior, habría que sumar el papel decisivo que significó la llegada de la era nuclear en los años 1940s, lo que complejizó aún más el entendimiento de la guerra y sus dos más grandes cuestionamientos: cuál es su naturaleza y cuál es su propósito.

Entre 1914 y 1945, el conflicto entre países había evolucionado enormemente. De la inmovilidad de la Gran Guerra se pasó a la guerra relámpago propia de la Segunda Guerra. Y de la rapidez de la maniobra y el uso de armas combinadas entre aliados y potencias del Eje se pasó, en 1945, a la amenaza de destrucción total producto de las armas nucleares.

Si la guerra busca obligar al contrario a asumir posiciones por la fuerza, la amenaza de destrucción total que sobrevendría a un enfrenamiento nuclear destruía la propia naturaleza de la guerra, al menos a los ojos de los teóricos.

Los pensadores se preguntarían, entonces, ¿para qué sirve la guerra si, al final, la destrucción total impacta por igual al más fuerte? ¿Hay acaso una estrategia válida que justifique la guerra nuclear, cuando ésta terminará por destruirlo todo?

Sin embargo, y como si estas transformaciones hubiesen sido poco, la naturaleza de la guerra y su estudio se enfrentarían –hacia la segunda mitad del siglo XX- a la más importante de sus evoluciones: el conflicto entre Estados-Nación iría reduciéndose al mínimo, casi hasta desaparecer, dando mayor relevancia a los conflictos intra-estatales.

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Conflictos anuales desde 1950 a la fecha. El color azul representa a los conflictos convencionales entre Estados-Nación. Fuente: Our World in Data

Los horrores de la Primera y Segunda guerra mundiales, aunados a la amenaza nuclear, crearon fuertes incentivos para que los países evitaran a toda costa el conflicto bélico. La rivalidad entre naciones pudo dirimirse ahora en las instancias internacionales, alejando la amenaza de un nuevo enfrentamiento mundial a gran escala.

De hecho, algunos académicos consideran que a partir de la década de 1950, el estudio de la estrategia y de la guerra entraron en una fase de impasse, y no fue sino hasta fines de la década de 1980 y principios de la década de 1990, que la caída de la Unión Soviética dio un renovado impulso a este campo del pensamiento.

Surgen entonces algunos planteamientos que intentan dar sentido al estudio de la guerra, a la luz de las “nuevas” formas de conflicto. Se comenzó a hablar entonces de las guerras irregulares, guerras de cuarta generación y guerras híbridas.

Arquilla, Ronfeldt, y otros pusieron el dedo en la llaga cuando argumentaron que la guerra seguía teniendo la misma naturaleza general, pero había experimentado nuevos cauces y matices. Vendrían ahora guerras basadas en redes y “enjambres”, decían.

Al día de hoy, el estudio de los llamados conflictos de cuarta generación se aboca a entender precisamente estos matices, pero pareciera que hemos caído nuevamente en un impasse estratégico: seguimos sin ponernos de acuerdo sobre cuál será la naturaleza de la guerra hacia bien entrado el siglo XXI.

¿Volverán los enfrentamientos entre países, a la luz de la creciente rivalidad entre China y EEUU? ¿Seguirá la tendencia de conflictos irregulares, solo que ahora con mayores posibilidades de éxito para las insurgencias modernas, adaptativas?

En una de esas, la guerra vuelve a sus orígenes históricos: de las grandes conflagraciones entre países, o entre países y grupos subnacionales…. ¿pasaremos de nuevo al conflicto entre personas (empoderadas, independientes, tecnológicamente avanzadas)?

Dicen que la historia es cíclica, quizás la naturaleza de la guerra también.

Construyendo entornos de seguridad resilientes

Pluma invitada:

Khublai Villafuerte, Consultor Senior en Riskop y maestro en prospectiva estratégica

Puede seguirlo en Twitter como: @Khu_89

 

Las FFAA han sido punta de lanza para las estrategias de recuperación territorial en México. Ya sea en los estados de Michoacán, Tamaulipas o Nuevo León, se les ha encomendado la tarea de retomar regiones, ciudades e incluso estados donde el crimen organizado, por la escala y alcance de sus actividades, adquirió características más similares a las de una insurgencia, infiltrando y acaparando espacios en las estructuras económicas, sociales, políticas y de seguridad.

Hoy, precisamente cuando se discute en el estamento político la necesidad de regular (lo que ello signifique) la actuación de las Fuerzas Armadas en labores de seguridad interior, entender la complejidad de los procesos de recuperación territorial es vital.

Tanto la Marina como el Ejercito Mexicano han logrado en mayor o menor medida contener y controlar a estos grupos, atomizando a los grandes carteles. Esto dio pie a la creación de bandas criminales y nuevos grupos de menor tamaño y mayor movilidad, como es el caso del Cartel Jalisco Nueva Generación que progresivamente ha ocupado las plazas dejadas por Los Caballeros Templarios en Michoacán. A su vez, pandillas o escisiones de los otrora grandes carteles han intentado (y logrado) retomar espacios estratégicos como el Puerto de Lázaro Cárdenas, zonas dentro del Área Metropolitana de Monterrey o algunas ciudades de la frontera norte.

A pesar de este escenario, seria un error decir que los operativos pasados fueron de poca utilidad ya que cumplieron con el objetivo de debilitar y disruptir la estructura y actividades de los grupos criminales. Sin embargo, las zonas donde operaron se volvieron dependientes de las FFAA y nunca se articularon instituciones de seguridad sólidas ni se atacaron las causas que propiciaron el surgimiento y fortalecimiento de grupos criminales.

En un principio, se lograron contener y controlar los efectos del crimen organizado, sin preocuparse de construir un entorno de seguridad resiliente, que pudiera, en largo plazo, impedir, neutralizar o minimizar los efectos de una más que posible reaparición de este tipo de agrupaciones. Sin una estrategia robusta y multidisciplinaria que capitalice los esfuerzos de las FFAA, se falla en atender el origen del problema.

El reto no es menor y para entender la complejidad del fenómeno se presenta el siguiente diagrama de relaciones causales:

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Una estrategia orientada solamente a debilitar los efectos de movimientos insurgentes o criminales -la inseguridad- falla en implementar una solución de largo plazo ya que no atiende las condiciones socioeconómicas que propician su aparición. De esta forma, la única arma con la que cuenta el Estado es un recurso limitado: la incursión de las fuerzas armadas (en operaciones con características de contra-insurgencia). Si bien estas generan un estado de relativa paz y seguridad mediata, en el mediano y largo plazo las FFAA están destinadas a retirarse, ya sea porque se les requiere en otras zonas con niveles de violencia mayores o por falta de recursos. Sin estas se genera un vacío institucional que propicia el regreso del sistema a la condición inicial: violencia generalizada, instituciones infiltradas y una sociedad alienada.

Para evitar esto y generar un entorno resiliente es necesario capitalizar las operaciones contra los grupos criminales ya que el estado de paz y seguridad propicia: 1) La recuperación de la legitimidad del aparato estatal y mejora de su imagen ante círculos estratégicos de la sociedad (ONGs, academia y empresarios); 2) Un mayor apoyo de la población hacia el Estado (a partir de los anterior) y; 3)  un margen de maniobra para incluir otras instituciones y sectores de la sociedad tradicionalmente apartados del proceso de política pública.

Una vez que se cuente con estas condiciones se puede establecer una estrategia de recuperación del territorio, donde diversas instituciones gubernamentales (no sólo de seguridad) y de la sociedad civil intervengan en temas de desarrollo económico, urbanismo, violencia intrafamiliar o incluso cuestiones de salud como la depresión. Es necesario recordar que los grupos criminales han logrado fortalecerse sobre todo en lugares donde el acceso a condiciones de legalidad, formalidad y educación no son una opción viable, atractiva o simplemente, no existen; atenderlas es, por lo tanto, la única forma de evitar su reaparición.

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Así pues, se pasa de tener una estrategia cortoplacista que sólo contiene y controla a los grupos criminales, a una de largo plazo, que recupera efectivamente la colonia, la ciudad o la región y permite que se creen en él condiciones propicias al desarrollo individual, comunitario y social. Sólo de esta forma es que se logrará atacar la causa raíz detrás del surgimiento de movimientos cuasi-insurgentes que acaparan las estructuras de una sociedad, sólo así se dejaría de depender de las incursiones esporádicas del ejercito y la marina, sólo así crearemos un modelo de sociedad sostenible y resiliente a los embates de quienes no comparten una agenda y lógica de consenso y progreso.

Se recomienda:

John D. Sternman . (2000). Business Dynamics: Systems Thinking and Modeling for a Complex World. Boston: MassachusettsInstitute of Technology Sloan School of Management.

Infraestructura Energética y Vulnerabilidades Críticas: la importancia del entorno operacional

Cuando se planteó el Programa de Seguridad Nacional 2014-2018 en México [un ejercicio doctrinal sin precedentes] se abordó el concepto de Seguridad Nacional desde una perspectiva multidimensional, lo que permitió incluir aspectos diversos que habían estado fuera de las concepciones más tradicionales en la materia.

Uno de esos aspectos, que recibe una fuerte mención en el Programa, tiene que ver con la transformación del sector energético global y su impacto en la seguridad energética de nuestro país.

En este sentido, el Programa estableció que México habría de hacer frente a un escenario mundial energético cambiante, donde uno de sus aspectos más relevantes va de la mano de la consolidación de EEUU como potencia exportadora tanto de petróleo y sus derivados como de gas natural.

México, cuya matriz energética depende en gran medida de la provisión de energéticos importados precisamente de EEUU (destaca el gas natural, vital para la generación de electricidad y motor de la planta industrial del país), tendría que enfrascarse en una transformación de su sector energético precisamente para reducir esa vulnerabilidad estratégica.

De tal suerte que, en consonancia con el Programa de Seguridad Nacional, se definió la Estrategia Nacional de Energía 2014-2028, donde se plantea (quizás de manera muy general) como uno de los objetivos a largo plazo la “autonomía energética de México”.

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Así, la Estrategia Nacional de Energía planteó como prioridad el aprovechamiento de la recientemente aprobada Reforma Energética (2013) para acelerar inversiones públicas y privadas que diversificaran las opciones de provisión y transformación de energía; en pocas palabras, se busca detonar proyectos de infraestructura que, en un horizonte de 15 años aproximadamente, le permitan al país contar con una mejor seguridad energética de cara al futuro.

Si tomamos en cuenta que el concepto de seguridad energética se refiere al aseguramiento de recursos energéticos para consumo doméstico e industrial, a precios accesibles y sin detrimento de las generaciones futuras (sostenibilidad), el modelo de seguridad energética mexicano necesitaría de un influjo de capital sin precedente para proyectos tales como:

  1. Exploración y producción de petrolíferos, antes sólo en manos del Estado
  2. Transporte de petróleo y sus derivados, y de gas natural
  3. Generación de electricidad con gas natural, energía eólica, solar o geotérmica

 

Estos proyectos, tanto públicos como privados, sucederían bajo nuevas reglas de operación, todas enfocadas al cumplimiento de los objetivos estratégicos planteados con anterioridad.

Sin embargo, tanto el Programa de Seguridad Nacional como la Estrategia Nacional de Energía se enfrentan ahora con su aplicación a la realidad, y es ahí donde el escenario social, político y de seguridad presentan un reto formidable para cumplir con dichos objetivos.

Dicho de otra forma, si se requiere cumplir con lo expresado en el Programa de Seguridad Nacional y la Estrategia Nacional de Energía en cuanto a seguridad energética, los proyectos de infraestructura en la materia deberán aterrizarse en medio de un entorno complejo, evolutivo y sumamente demandante.

¿Pero cómo puede entenderse ese entorno de manera efectiva? ¿cómo pueden preverse mecanismos que reduzcan los riesgos para dichos proyectos y permitan cumplir los objetivos? ¿qué factores mínimos deben considerarse al momento de hacer un “assessment de entorno”?

Aquí comparto algunas reflexiones.

 

La importancia del entorno operacional

En los últimos años, he tenido la oportunidad de apoyar el desarrollo de proyectos de infraestructura energética vitales para nuestro país.

En ello, he sido testigo de la enorme complejidad que conlleva diseñar, construir y poner en operación proyectos de gran magnitud, algunos de los cuales rebasan los cientos de millones de dólares y significan un impacto en la vida de regiones enteras hacia muy entrado el futuro.

Sin embargo, la complejidad técnica de estos proyectos palidece frente a factores externos del entorno, aquellos definidos por variables sociales, políticas y de seguridad que, en muchos de los casos, terminan por hacer fracasar –o al menos frenar- las inversiones.

La complejidad del entorno operacional es, a todas luces, el mayor reto para la sostenibilidad de los proyectos energéticos, no importando si su naturaleza es pública o privada.

Pero qué entendemos por entorno operacional: se trata del conjunto de condiciones externas objetivas (físicas) y subjetivas (cultura, tradiciones) que impactan directa o indirectamente en la sostenibilidad de las operaciones.

De tal suerte que, idealmente desde el proceso de planeación, todo proyecto de infraestructura energética debe definir y entender con claridad la naturaleza del entorno, los impactos posibles del mismo sobre la operación (escenarios) y la interacción de los actores involucrados con dicho entorno.

Existen diversas herramientas metodológicas para identificar y ponderar correctamente el entorno, pero todas deben tomar en cuenta al menos los siguientes elementos:

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Más no basta con identificar los factores anteriormente mencionados, sino que éstos deben ser entendidos como parte de un sistema evolutivo y cambiante; uno donde convergen todas las variables y cuya interacción produce un resultado que impacta en la sostenibilidad del proyecto.

El siguiente recuadro ejemplifica precisamente lo anterior, pues se trata de la modelación sistémica del entorno que rodea un proyecto energético real.

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Sistema de entorno operacional de un proyecto energético tipo

 

El sistema permite identificar variables de causa-efecto, todas ellas alrededor del elemento central en cuestión, definido en este mapa como “viabilidad del proyecto”.

Como puede observarse, se han tomado en consideración variables sociales, políticas y de seguridad previamente identificadas en el assessment de entorno.

El siguiente paso es quizás el más importante, pues consiste en agrupar aquellas variables de acuerdo a la naturaleza de su origen, lo que permite determinar cuáles revisten de carácter estratégico y qué curso de acción habrá de definirse para incidir positivamente en el éxito del proyecto.

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Agrupación de variables por su naturaleza y ámbito de actuación. Identificación de Centro de Gravedad del Sistema.

 

Este último recuadro muestra los dos ámbitos de actuación para cada grupo de variables (Gestión de Riesgos y Gestión Social), además de la variable principal de todo el sistema de entorno, que funge como centro de gravedad del mismo: “recursos financieros del grupo disruptivo”.

 

Reflexiones finales

El correcto entendimiento del entorno es, como se ha dicho con anterioridad, un proceso de suma importancia para asegurar la sostenibilidad de los proyectos energéticos, enfrascados en entornos complejos que, de no atenderse oportunamente, presentan un riesgo latente para el cumplimiento de los objetivos.

En este sentido, si México se plantea seriamente avanzar en materia de seguridad energética (como parte fundamental de su estrategia de seguridad nacional), lo cierto es que no bastará con impulsar cuantiosas inversiones en el sector, mientras no se valore el papel que juega el entorno socio-político en materializar dichas inversiones.

 

Se recomienda:

Chanona, Alejandro. Confrontando modelos de seguridad energética. UNAM 2013.

 

 

 

Donald Trump y la oportunidad de un pensamiento estratégico

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Mapa de integración norteamericana, del fascinante libro Connectography, de Parag Khana.

 

La victoria –e inminente llegada- de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos ha caído como un balde de agua fría para muchos analistas de política internacional, quienes no logran explicar(se) todavía los factores que determinaron el resultado de la más controversial elección presidencia de aquel país en décadas.

Para el caso mexicano, sobra decir que las consecuencias previsibles de la Presidencia Trump se antojan, por decir lo menos, sumamente complejas pues representan un reto monumental que demandará del ejercicio de una política internacional asertiva, inteligente y con visión de largo plazo.

Sin embargo, hasta ahora los analistas se han centrado en los efectos a corto plazo que traería el resultado de esta elección –lo que es entendible dado lo “inesperado” del suceso- pero han dejado de lado los cuestionamientos más estratégicos que deberían recibir una atención profunda y minuciosa.

De pronto el calor del debate político no nos permite ver más allá de la coyuntura, algo similar al concepto de la “niebla de la guerra” de la que tanto hablara Clausewitz en el siglo XIX. Parafraseando –y adaptándonos- al teórico y militar prusiano,  se trata de la conjugación de factores inesperados con variables cambiantes y evolutivas las que nublan nuestra visión sobre el escenario estratégico que se avecina.

En ese sentido, me temo que algunas de las preguntas estratégicas que debiésemos estar planteándonos son:

¿Cuáles serían los efectos de una Presidencia Trump en la consecución de los intereses y objetivos nacionales mexicanos? ¿cómo impactaría una hipotética política internacional americana de corte conservador y aislacionista en la relación entre México y EEUU? ¿cómo abordaría México los enormes retos en seguridad y defensa que son evolutivos, adaptativos y complejos, y que no pueden afrontarse de manera unilateral? ¿Qué efectos sufrirá el proceso de integración de América del Norte, un ejercicio geopolítico que busca convertir a la región en una plataforma político-económica competitiva frente al escenario global?

De todas las preguntas anteriores, quizás la más difícil de responder tiene que ver con el impacto de la Administración Trump en los intereses y objetivos nacionales mexicanos, por la razón de que nuestro país, en primera instancia, carece de una “Gran Estrategia” que clarifique –o al menos vislumbre- la dirección de los diversos instrumentos del Estado de cara al futuro.

Si consideramos que la Gran Estrategia es, en términos resumidos, el proceso de articulación del poder nacional para la consecución de los objetivos nacionales, quizás la llegada de Trump a la Casa Blanca sirva como acicate para que México comience, de una vez por todas, a plantearse con seriedad cuál es el futuro al que aspira y cómo piensa articular sus diversos elementos de poder estatal para conseguirlo.

De hecho, la planteamiento de esta Gran Estrategia Mexicana ya se ha abordado con cierta profundidad por teóricos estadounidenses –como George Friedman, que retoma el pensamiento de Robert D. Kaplan– quienes han argumentado que México busca, en el muy largo plazo, la recuperación del territorio perdido en el siglo XIX e incluso contenderle a EEUU su hegemonía regional.

Nada más ridículo y alejado de la realidad, pero lo cierto es que en nuestro país todavía no se ha desarrollado un debate teórico y político que permita definir una Gran Estrategia inteligente, realista y asequible.

Soy de la idea de que uno de los grandes objetivos nacionales mexicanos es la integración de América del Norte en un bloque político y económico fuerte, uno que permita a nuestros tres países enfrentar los enormes retos compartidos del siglo XXI: competitividad y desarrollo económico, seguridad y defensa regional, integración energética, migración, entre otros.

Por lo anterior, la Gran Estrategia mexicana debería apuntar, así lo creo, a la construcción de ese bloque norteamericano, enfocando los diversos elementos del poder nacional hacia ello.

Insisto en que la llegada de Trump a la Presidencia de EEUU puede servir de pretexto para comenzar en nuestro país un debate serio en la materia, uno que requiere de inteligencia y liderazgo desde el poder político, y apertura y prospectiva de académicos y especialistas.

Dejemos pues que la niebla se disipe o, mejor aún, comencemos a imaginar  -¿diseñar?- un futuro estratégico más allá de la incertidumbre.

La oportunidad histórica está ahí, y la llegada de Trump bien pudiera tener ese efecto positivo.

Pd. Para una revisión más profunda de la evolución del concepto de Gran Estrategia, recomendamos “The Evolution of Grand Strategic Thought”, de Lukas Milevski.

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Persepectiva sistémica de la violencia en el siglo XXI: comentando a David Kilkullen

El término insurgencia y, por ende, el de contrainsurgencia, son elementos profundamente complejos dentro del estudio más amplio del conflicto.

Si bien la naturaleza del conflicto, o la “guerra”, sigue siendo la de un enfrentamiento violento entre dos o más fuerzas beligerantes para imponer al contrario condiciones políticas, económicas, territoriales o sociales, lo cierto es que los medios para alcanzar esos objetivos estratégicos varían y van más allá de las concepciones tradicionales.

La insurgencia es, de tal suerte, un tipo de conflicto irregular en el entendido de que su naturaleza conlleva el uso de métodos de guerra cambiantes, adaptativos y evolutivos.

Dichas características hacen del análisis de las insurgencias una disciplina sumamente exigente, pues obliga al investigador a ser igualmente adaptativo, innovador y a la vez fiel a los principios básicos del estudio del conflicto.

En este sentido, el trabajo de David Kilkullen, Out of the Mountains: the coming age of urban guerrilla, ofrece precisamente eso: un análisis de las insurgencias modernas, a la luz de tendencias sociales, económicas y políticas que marcarán el siglo XXI.

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Kilkullen es una mezcla rara de ex soldado, académico y consultor. Autor de otros libros igualmente fascinantes tales como The accidental guerrilla y Counterinsurgency, ha servido como asesor del General David H. Petraeus y de la ex Secretaria de Estado Condoleezza Rice durante las guerras recientes de Irak y Afganistán.

La tesis central de su libro Out of the Mountains, gira en torno a una premisa fundamental: los conflictos modernos se librarán cada vez más en ambientes urbanos, costeros y profundamente desiguales (en términos de desarrollo económico).

Será en esos ambientes operacionales (Operational Environment) donde tendrán lugar tanto confrontaciones entre estados (las menos) y entre estados-nación y grupos sub-nacionales irregulares (la mayoría de los casos).

Aquí resumo algunos de los planteamientos principales de Kilkullen:

  1. La urbanización es un proceso irreversible y que avanza de forma exponencial: en 1950, había 83 ciudades en el mundo con más de un millón de habitantes, para 2007, el número llegó a 468. Para 2050, se estima que el 75% de la población mundial vivirá en ciudades.
  2. El fenómeno de la urbanización acelerada tiene su centro de gravedad en el mundo subdesarrollado, donde las presiones socio-económicas a los sistemas políticos provocarán contradicciones violentas: para 2050, la población urbana de Asia se incrementará en 1.7 mil millones de habitantes; la población urbana de África crecerá 0.8 mil millones, mientras que el número para América Latina y el Caribe crecerá en 200 millones. El caso de India es sumamente relevante, pues se calcula que dentro de 20 años aquel país tendrá al menos 6 ciudades más grandes que Nueva York.
  3. El crecimiento urbano acelerado, asentado sobre sistemas económicos precarios será convergente (en algunos casos) con entornos geográficos vulnerables al cambio climático: la capital de Bangladesh, Dhaka, que padece constantes inundaciones con consecuencias sociales y económicas nefastas, vio crecer su población de 400,000 habitantes en 1950 a más de 12 millones tan sólo 12 años después. Hoy en día, no es casualidad que dicha ciudad sea epicentro de confrontaciones violentas entre grupos armados radicales, quienes se pelean por controlar algún pedazo del ya de por sí estresado ambiente urbano.

 

Finalmente, el autor propone una visión sistémica para abordar estos fenómenos desde una óptica de prevención y mitigación del conflicto, basada en la teoría del “metabolismo urbano”.

Dicha teoría, que tiene sus orígenes más sólidos hacia mediados de la década de 1960, ha evolucionado al grado de ofrecer una marco de referencia para entender la violencia urbana como resultado de complejos procesos sistémicos.

En este sentido, las insurgencias urbanas del siglo XXI (de naturaleza terrorista, ideológica o criminal, como es el caso de algunos grupos delictivos en América Latina) deberán ser abordadas como “micro-sistemas biológicos que forman parte de un ecosistema más amplio, donde convergen flujos económicos, sociales, culturales, políticos, naturales, etc”.

Entender esos flujos sistémicos es, según la tesis del autor, fundamental para desarrollar procesos de mitigación de violencias urbanas.

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Ejemplo de un sistema urbano típico en el siglo XXI: el centro socio-político de la ciudad padece el estrés de los flujos descontrolados en las periferias (falta de infraestructura, favelas, pobreza, marginación, desempleo, etc).

 

Traigo a colación la obra de Kilkullen por dos razones principales: por un lado, ofrece una visión diferente y compleja del futuro en la naturaleza del conflicto; por el otro, aborda soluciones que bien pudiesen explorarse para muchos de los procesos de violencia urbana que padecen nuestros países.

Recomiendo ampliamente adentrarse en el libro Out of the Mountains: the coming age of urban guerrilla, y si no se dispone del tiempo suficiente, el autor ofrece una versión más condensada de su análisis: http://www.fletcherforum.org/wp-content/uploads/2012/09/Kilcullen.pdf

Christan J. Ehrlich.