Donald Trump y la oportunidad de un pensamiento estratégico

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Mapa de integración norteamericana, del fascinante libro Connectography, de Parag Khana.

 

La victoria –e inminente llegada- de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos ha caído como un balde de agua fría para muchos analistas de política internacional, quienes no logran explicar(se) todavía los factores que determinaron el resultado de la más controversial elección presidencia de aquel país en décadas.

Para el caso mexicano, sobra decir que las consecuencias previsibles de la Presidencia Trump se antojan, por decir lo menos, sumamente complejas pues representan un reto monumental que demandará del ejercicio de una política internacional asertiva, inteligente y con visión de largo plazo.

Sin embargo, hasta ahora los analistas se han centrado en los efectos a corto plazo que traería el resultado de esta elección –lo que es entendible dado lo “inesperado” del suceso- pero han dejado de lado los cuestionamientos más estratégicos que deberían recibir una atención profunda y minuciosa.

De pronto el calor del debate político no nos permite ver más allá de la coyuntura, algo similar al concepto de la “niebla de la guerra” de la que tanto hablara Clausewitz en el siglo XIX. Parafraseando –y adaptándonos- al teórico y militar prusiano,  se trata de la conjugación de factores inesperados con variables cambiantes y evolutivas las que nublan nuestra visión sobre el escenario estratégico que se avecina.

En ese sentido, me temo que algunas de las preguntas estratégicas que debiésemos estar planteándonos son:

¿Cuáles serían los efectos de una Presidencia Trump en la consecución de los intereses y objetivos nacionales mexicanos? ¿cómo impactaría una hipotética política internacional americana de corte conservador y aislacionista en la relación entre México y EEUU? ¿cómo abordaría México los enormes retos en seguridad y defensa que son evolutivos, adaptativos y complejos, y que no pueden afrontarse de manera unilateral? ¿Qué efectos sufrirá el proceso de integración de América del Norte, un ejercicio geopolítico que busca convertir a la región en una plataforma político-económica competitiva frente al escenario global?

De todas las preguntas anteriores, quizás la más difícil de responder tiene que ver con el impacto de la Administración Trump en los intereses y objetivos nacionales mexicanos, por la razón de que nuestro país, en primera instancia, carece de una “Gran Estrategia” que clarifique –o al menos vislumbre- la dirección de los diversos instrumentos del Estado de cara al futuro.

Si consideramos que la Gran Estrategia es, en términos resumidos, el proceso de articulación del poder nacional para la consecución de los objetivos nacionales, quizás la llegada de Trump a la Casa Blanca sirva como acicate para que México comience, de una vez por todas, a plantearse con seriedad cuál es el futuro al que aspira y cómo piensa articular sus diversos elementos de poder estatal para conseguirlo.

De hecho, la planteamiento de esta Gran Estrategia Mexicana ya se ha abordado con cierta profundidad por teóricos estadounidenses –como George Friedman, que retoma el pensamiento de Robert D. Kaplan– quienes han argumentado que México busca, en el muy largo plazo, la recuperación del territorio perdido en el siglo XIX e incluso contenderle a EEUU su hegemonía regional.

Nada más ridículo y alejado de la realidad, pero lo cierto es que en nuestro país todavía no se ha desarrollado un debate teórico y político que permita definir una Gran Estrategia inteligente, realista y asequible.

Soy de la idea de que uno de los grandes objetivos nacionales mexicanos es la integración de América del Norte en un bloque político y económico fuerte, uno que permita a nuestros tres países enfrentar los enormes retos compartidos del siglo XXI: competitividad y desarrollo económico, seguridad y defensa regional, integración energética, migración, entre otros.

Por lo anterior, la Gran Estrategia mexicana debería apuntar, así lo creo, a la construcción de ese bloque norteamericano, enfocando los diversos elementos del poder nacional hacia ello.

Insisto en que la llegada de Trump a la Presidencia de EEUU puede servir de pretexto para comenzar en nuestro país un debate serio en la materia, uno que requiere de inteligencia y liderazgo desde el poder político, y apertura y prospectiva de académicos y especialistas.

Dejemos pues que la niebla se disipe o, mejor aún, comencemos a imaginar  -¿diseñar?- un futuro estratégico más allá de la incertidumbre.

La oportunidad histórica está ahí, y la llegada de Trump bien pudiera tener ese efecto positivo.

Pd. Para una revisión más profunda de la evolución del concepto de Gran Estrategia, recomendamos “The Evolution of Grand Strategic Thought”, de Lukas Milevski.

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